Dos caballos y un paisaje, elementos de postal primaveral. Luz y oscuridad componen la penumbra que invade la escena; todo parece en calma, sin ruido aparente; tan solo el posible cantar de algún pajarillo burlón y el masticar de dos corceles que pastan a la vez al despertar de una soleada mañana que deja atrás la oscura y tenebrosa noche de un bosque tétrico y sombrío, disipando aquellas nubes oscuras de cuentos para no dormir. Blanco y negro se entrelazan, se unen por una misma causa componiendo una armonía equilibrada, como si del bien y el mal se tratara, como hombre y mujer, como polos opuestos que son atraídos sin más.

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